
Desde hace algún tiempo (desde que vivo aquí), me sofoca una extraña patología que tiene sus orígenes nada más y nada menos que en el otro lado de la pared.
Nunca he sabido si sus toques en la pared cuando pongo música (a un volumen alto pero no molesto y en días festivos a horas en las que dudo que alguien duerma o estudie) son reales o se trata de mi imaginación paranoica. A veces me pongo a cantar, porque es lo que más me gusta hacer y me sale hacerlo, que estoy en mi casa (joder), y es cuando este fino caballero abre la puerta de su habitación para volver a cerrarla y seguir dentro. Y yo me pregunto: ¿qué consigue un individuo actuando así?
Ahora bien, él y sus amigotes, un frondoso grupo de nabos, pueden juntarse en tu soso cuchitril a la hora de la siesta (un jueves) y cantar “la Ramona es la nosequé más gorda de mi pueblo, Ramonaaaa te quiero” haciendo gala de sus corrosivas voces de barítono en edad de procrear.
Estoy harta, quiero irme al monte.







